El chef reflexiona sobre su país, los ingredientes locales y los desafíos de la gastronomía global.
En Queenstown, frente al imponente Lake Hayes, se levanta Amisfield: un destino gastronómico premiado año tras año por la crítica internacional y reconocido como uno de los grandes templos culinarios de Oceanía. Su arquitectura, diseñada por Kerry Mason, se integra al paisaje e invita a descubrir la hospitalidad neozelandesa con vistas inolvidables y vinos de clase mundial.
Allí, desde 2012, Vaughan Mabee está al frente de esta experiencia, tras haberse formado en California y en restaurantes icónicos como el tres estrellas Martín Berasategui, en el País Vasco, y el influyente Noma en Copenhague. Bajo su liderazgo, Amisfield fue distinguido reiteradamente como Restaurant of the Year en Nueva Zelanda y, en 2025, volvió a ocupar ese lugar de privilegio. También mantiene la máxima calificación de 3 Hats, se ubicó entre los 100 mejores del mundo en la lista extendida de The World’s 50 Best Restaurants y continúa acumulando reconocimientos por su capacidad de innovación. Mabee, a su vez, fue elegido Chef del Año en ediciones anteriores y recientemente recibió nuevas distinciones que lo ratifican como una de las voces más influyentes de la gastronomía contemporánea. Su menú, centrado en ingredientes salvajes y locales, es la manera que encontró para contar la historia de Nueva Zelanda en cada plato.

¿Podría contarnos un poco más sobre su menú? ¿En qué se basa?
Mi menú es un relato de Nueva Zelanda. Todo proviene de un radio de cinco kilómetros alrededor de mi restaurante. Trabajo solo con carne salvaje: ciervo, jabalí, pescado autóctono, diferentes tipos de langosta. Creo que es la mejor manera de mostrar quiénes somos y de hacer algo irrepetible en otro lugar del mundo. Es un menú diferente porque los ingredientes son únicos.
¿Qué aspectos positivos encuentra en la gastronomía hoy en día?
Lo positivo es poder compartir lo que somos a través de la cocina. En mi caso, quiero que la gente entienda Nueva Zelanda a través de sus ingredientes, que son únicos porque vivo en una isla. Mi menú está hecho solo con productos locales: carnes salvajes, pescados, mariscos. Cocinar así es contar la historia de mi familia y de mi país. Es muy especial.

¿Y los negativos?
No me gusta ser negativo, pero sí creo que enfrentamos un problema serio: somos demasiados en el planeta y no tenemos un plan claro. El mar ya no tiene los mismos peces que antes, los recursos se agotan. Como chefs planificamos menús y servicios, pero no planificamos el futuro del mundo. Si cada persona usara un poco menos y buscara más felicidad en lo local, en su familia, estaríamos mejor. Lo que me preocupa es que sabemos que vamos a quedarnos sin muchas cosas y no estamos pensando en cómo evitarlo.
Usted trabajó un tiempo en España. ¿Qué aprendió de esa experiencia?
Trabajé con Martín Berasategui y fue un momento muy especial en mi carrera. De él aprendí que cada elemento de un plato debe tener sabor, los pilares del gusto. En su restaurante todo sabe bien, cada detalle está cuidado. Eso me marcó profundamente. También me transmitió orgullo de ser cocinero, y eso lo llevé de vuelta a Nueva Zelanda.

¿Ha viajado por América Latina? ¿Ha probado su comida?
Sí, y me encanta. Sobre todo la cocina de México. Admiro los sabores familiares, intensos, auténticos. Tuve comidas increíbles allí, como la que viví en Quintonil con Jorge Vallejo. Para mí, México tiene una fuerza muy especial en sus sabores, y eso me inspira.

¿Qué importancia tienen para usted los premios internacionales?
No son lo más importante, pero sí tienen un valor personal enorme. Trabajé durante muchos años, en distintos lugares del mundo, y recibir un reconocimiento global es una manera de sentir que todo ese esfuerzo tiene sentido. No lo vivo tanto como un premio para mi restaurante, sino como algo mío. Además, ayuda a que la gente mire hacia Nueva Zelanda, que quiera venir a conocer mi menú y mi país. Eso me hace feliz.




























