En el corazón de Mayfair, The Cocochine redefine el lujo gastronómico con una propuesta que combina discreción, productos excepcionales y la maestría del chef Larry Jayasekara.
Por dentro, The Cocochine es lujo destilado en su forma más pura: no ostentoso ni brillante, sino pulido, como el mejor cuero de un sillón recién tapizado. La entrada, oculta tras una cortina de terciopelo, anticipa el espíritu del lugar: un susurro indulgente más que una demostración de grandeza.
Al girar hacia Bruton Place —una calle “escondida” junto a Berkeley Square, en el sofisticado barrio londinense de Mayfair— parece que uno se desliza por accidente a través de una grieta en la fachada dorada de la ciudad, hasta llegar a un laberinto secreto centrado en la buena mesa. Los escaparates de diseñadores y concesionarios relucientes dan paso a tiendas gourmet, pubs, restaurantes y hasta un bar dedicado exclusivamente al gorgonzola. En una zona famosa por su opulencia, esta pequeña calle respira una calma refinada, perfecta para quienes desean escapar del rugido de los motores de lujo del exterior. Esa misma serenidad conduce directamente a The Cocochine, una incorporación relativamente nueva pero ya muy comentada, que despierta entusiasmo con su elegancia contenida.
El edificio de cuatro pisos —una casa adosada convertida en templo gastronómico, con bodega subterránea, comedor principal, mesa del chef y un loft privado— es la obra maestra del chef y propietario Larry Jayasekara. Su trayectoria, que incluye mantener una estrella Michelin en Pétrus de Gordon Ramsay y ser reconocido como National Chef of the Year, se siente en cada rincón, aunque aquí el ego cede protagonismo al oficio.

Origen en cada plato
¿Hablemos de comida? Porque lo merece. The Cocochine no busca likes ni efectos de humo: apuesta por los ingredientes, puros y simples. Jayasekara entiende el poder de dejar que la naturaleza hable, y construye un relato donde cada plato es una carta de amor al origen.
El restaurante accede en exclusiva a los productos regenerativos de Rowler Estate (Northampton) y a las aguas cristalinas que rodean Tanera Mòr, en Escocia. Son terrenos de juego ideales para un chef obsesivo con los tomates reliquia, las hierbas silvestres cultivadas por un ex horticultor de Kew Gardens y las carnes de razas raras criadas con mimo. Cada domingo, Larry selecciona personalmente sus tesoros, entre ellos pétalos de borraja.

El lujo a tan solo £55
Almorzar aquí se siente como un truco de lujo: tres pasos por £55 y la sensación de estar accediendo a un privilegio. La experiencia comienza con tres canapés: tartaletas de tomate confitado con burrata y wakame, livianas pero poderosas; y las irresistibles donas de queso Comté cubiertas con trufa, que provocan cerrar los ojos de placer. Luego, el raviolo de langosta y cangrejo llega como una escultura de Miguel Ángel, flotando en una bisque sedosa con toques de hinojo y gel de yuzu. Sublime.
Pero la verdadera revelación es la ensalada de Rowler Farm, famosa por incluir 64 ingredientes, enumerados en una lista que parece un pergamino sagrado. Cada bocado revela una sorpresa: salvia frita, aceite de verbena, flores de guisante, chips de chirivía y hasta un inesperado puré de ruibarbo. Es más que una ensalada; es un lienzo de texturas y colores, un viaje sensorial que evoca veranos de infancia en el jardín familiar.

Pan, carne y magia
Cuando llega el pan, el hechizo continúa. Los brioches al vapor, etéreos y perfumados con cebolla caramelizada, curry y hojas de pandan, son seguidos por un pan de masa madre pequeño pero perfecto, acompañado con mantequilla de trufa. No es pan: es alquimia.
Luego, el cordero de Rowler Farm, cocido durante 48 horas, llega con piel crujiente y aroma a barbacoa, acompañado de fondant de tomate y arvejas recién cosechadas. Un plato que sabe a verano eterno.

Comodidad y magia culinaria
Y entonces, el pastel. Pero no cualquiera: uno relleno de pollo Arnaud y puerros, bañado en una salsa cremosa con un toque de Gjetost, el queso noruego de color caramelo que recuerda al sabor de la Nutella, aunque más sofisticado. Es cálido, reconfortante y con destellos de la herencia de Sri Lanka del chef. Las papas fritas —a £10 el bol— son capas perfectas de pavé crujiente, aromatizadas con hierbas. No querrás compartirlas.
El cierre llega con una mousse de chocolate de origen único con galletas de naranja, un watalappam con sorbete de mango y madeleines tibias de cítricos.
The Cocochine: un lujo que no necesita gritar para brillar.





























