Michel Rolland es el enólogo francés más influyente del mundo. Amante del Malbec, dejó una huella profunda en Argentina, donde creó Clos de los Siete y revolucionó la vitivinicultura local.
Reconocido como una de las figuras más influyentes de la vitivinicultura contemporánea, Michel Rolland ha dejado su impronta en más de 20 países, llevando consigo una visión del vino que combina sensibilidad, técnica y una clara vocación por la excelencia. Desde hace más de tres décadas, elige a la Argentina no solo como un lugar de trabajo, sino como su segundo hogar.
Lo llaman flying winemaker, una etiqueta que no le queda grande: Rolland ha viajado por todo el mundo aportando su experiencia y estilo enológico, y transformando regiones enteras. Pero pocos destinos lo cautivaron como la Argentina, donde aterrizó por primera vez en 1988, invitado por Arnaldo Etchart, uno de los referentes de la vitivinicultura del noroeste argentino. Su llegada marcó un antes y un después en la historia del vino nacional, ya que abrió la puerta para que una nueva generación de enólogos y bodegueros franceses encontraran en estas tierras una suerte de “nueva Borgoña” por explorar.

Un puente entre dos mundos
Rolland no solo se enamoró del terruño argentino, sino también de su gente, su cultura y su gastronomía. Fue una relación recíproca: muchos franceses confiaron en su intuición e invirtieron en el país, atraídos por la calidad de sus suelos y el potencial de su cepa insignia, el Malbec. Él fue uno de los primeros en ver en esta variedad una oportunidad para construir identidad vitivinícola argentina con proyección internacional, mucho antes de que lo hicieran los propios productores locales.
Con una preferencia marcada por los vinos con fruta intensa y paso por roble —estética que comparte con el influyente crítico estadounidense Robert Parker—, Rolland también ha sido blanco de críticas. En la película Mondovino se lo presenta como un símbolo de la estandarización del gusto global, aunque su papel es más complejo: ha sido tanto un catalizador de calidad como un defensor del equilibrio entre tradición y mercado.

Una vida dedicada al vino
Nacido en 1947 en Pomerol, una de las zonas más prestigiosas de Burdeos, Rolland creció entre viñedos. Su padre era productor y desde muy joven supo que su destino estaba ligado a la tierra y la vid. Se formó como enólogo en la Universidad de Burdeos, donde ya mostraba ideas innovadoras. Hoy, asegura degustar unos 40.000 vinos al año, cifra que da cuenta de su pasión y disciplina.
En 1989, la prestigiosa revista Wine Spectator lo consagró internacionalmente al dedicarle una de sus portadas, mientras que el vino Arnaldo B. Etchart Cosecha 1989, elaborado junto a su socio salteño, se convirtió en uno de los primeros exponentes del segmento premium en Argentina.
Una empresa familiar con sello propio
La historia de Michel Rolland no se entiende sin su familia. Su esposa, Dany Rolland, también enóloga, es una de las profesionales más respetadas del mundo del vino. Es socia en los emprendimientos familiares y dirige el Château Fontenil en Fronsac, además de liderar el laboratorio Rolland en Pomerol, donde un equipo de expertos asesora a más de 400 bodegas en todo el mundo.
Sus hijas también forman parte activa del legado. Stéphanie Rolland se encarga de la gestión empresarial en Europa y América Latina, mientras que Marie Rolland es responsable de la imagen y el diseño de marca, uniendo estética y estrategia en cada etiqueta.

Clos de los Siete: un sueño hecho realidad en Mendoza
Mendoza, corazón del vino argentino, fue el escenario donde Michel Rolland concretó uno de sus proyectos más ambiciosos y singulares: el Clos de los Siete. Este emprendimiento, iniciado en 1998, reúne a un grupo de viticultores franceses que apostaron por el Valle de Uco, al pie de la majestuosa Cordillera de los Andes. En Vista Flores, Tunuyán, desarrollaron un viñedo de 850 hectáreas ubicado entre los 1.000 y 1.200 metros sobre el nivel del mar, con condiciones privilegiadas de exposición solar y amplitud térmica.
Rolland no solo diseñó el proyecto, sino que fue el alma impulsora detrás de la sociedad entre familias vitivinícolas francesas de prestigio internacional, muchas de ellas asociadas a los Grands Crus de Burdeos. Hoy, Clos de los Siete es una marca de referencia que representa una fusión perfecta entre el saber hacer francés y el carácter argentino.
Altura y carácter: su romance con los Valles Calchaquíes
Además de Mendoza, Rolland quedó fascinado por los Altos Valles Calchaquíes, en el norte argentino. Fue en Cafayate, a más de 1.800 metros de altura, donde encontró un terroir excepcional para elaborar vinos con personalidad marcada. Allí, en la finca Yacochuya, firmó uno de los primeros grandes Malbecs de altura del país. Su influencia fue determinante para poner en valor zonas que hasta entonces no habían sido exploradas en profundidad por la industria nacional.
Su visión audaz inspiró a una generación de jóvenes enólogos y despertó el interés de los mercados internacionales, que comenzaron a mirar con otros ojos a los vinos argentinos.

Compromiso con la sustentabilidad: su mirada al futuro
Para Michel Rolland, la sostenibilidad no es solo un concepto ambiental, sino también económico y social. En Clos de los Siete, el 50% de las cepas corresponden al Malbec, mientras que el resto incluye variedades nobles como Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc y Syrah. Su filosofía combina el respeto por el medio ambiente con una mirada responsable sobre el trabajo humano y la creación de valor a largo plazo.
“El Malbec es la variedad argentina, porque nadie más la puede hacer”, afirma con convicción, refiriéndose al potencial único del país para expresar esta cepa, originaria de Cahors, pero reinventada en los suelos andinos.
Inquieto por naturaleza, Rolland continúa desafiando fronteras. Recientemente ha incursionado como asesor en Armenia, y planea abrir un restaurante en Puerto Madero, Buenos Aires, que llevará su nombre. Allí ofrecerá los vinos del Clos de los Siete junto con etiquetas de otras bodegas argentinas, fiel a su convicción de que la diversidad enriquece la experiencia gastronómica.
Ha elaborado vinos en 23 países y, aunque aún no ha trabajado en Australia ni en Nueva Zelanda, no descarta hacerlo si las circunstancias lo permiten. Mientras tanto, sigue degustando, creando y compartiendo su saber con el mismo entusiasmo de siempre.
Y ante la pregunta sobre qué vino elegir, su consejo es tan simple como certero: “el vino que te gusta, es el buen vino”.




























