Yoji Tokuyoshi, Bentoteca en Milán

En Bentoteca, Tokuyoshi ejerce su identidad nipona utilizando el abanico de ingredientes que le ofrece Italia.
El resultado es un restaurante que escapa a las definiciones tradicionales, un lugar donde la técnica impecable abraza la flexibilidad del momento. No se trata de una fusión forzada por el marketing, sino de un acto de equilibrismo cultural al que él denomina cocina “contaminada”.
La génesis de Bentoteca no responde a un plan de negocios estructurado. Nació por casualidad, como un salvavidas durante la pandemia, adaptándose a las circunstancias de un mundo paralizado.
Tokuyoshi buscaba un formato más cómodo, alejado de la rigidez de los menús degustación, apostando inicialmente por lo que podría definirse como comfort food.
Lo que el chef descubrió en ese proceso fue que el público milanés quería una cocina japonesa auténtica, pero ejecutada con sensibilidad local. A medida que el proyecto maduraba, la despensa se fue nutriendo de ingredientes cada vez más excelsos.
Hoy, Bentoteca es única. No es simple comida reconfortante, tampoco impone la etiqueta del fine dining. Es un término medio, un espacio de culto donde la calidad del producto dicta las reglas, y donde la casualidad inicial se ha transformado en un “azar pensado”.

La experiencia en Bentoteca es visual y táctil. Rechazando la monotonía de la vajilla industrial, el restaurante emplea cerámicas japonesas de autor, fuertemente influenciadas por la técnica del Kintsugi.
Inspirado en el hallazgo de antiguos hornos donde se desechaban piezas fracturadas, el chef valoriza el plato roto, uniéndolo y otorgándole una nueva vida. Esta estética de la imperfección hermosa enmarca a la perfección el emplatado de sus preparaciones.
Su proceso creativo es expansivo y multidisciplinario. Mantiene viva la creatividad en viajes constantes, visitas a París para diseccionar los clásicos franceses, o inmersiones en Japón para estudiar los restaurantes kaiseki. Pero su mirada va más allá de la gastronomía. Las visitas a museos de diseño y, sobre todo, su pasión por la fotografía, funcionan como un catalizador de conceptos.




El éxito de Bentoteca se da por lo que se sirve, y por la visión del mundo de quien lo dirige. Cuando Tokuyoshi reflexiona sobre el consejo que le daría a la nueva generación de cocineros, su mensaje es:
Lo primero, seguramente, es no copiar. No mirar Instagram, porque ahí pierdes toda la originalidad», sentencia.
Pero su consejo más radical tiene que ver con la geografía de la ambición, insta a los jóvenes a abandonar la comodidad del hogar.
Para él, nacer en un país rico en cultura (como Japón o Italia) es un privilegio, pero quedarse allí impone un techo creativo. Salir al extranjero, someterse a la fricción de una cultura ajena y expresar la propia identidad en un entorno nuevo es, según el creador de Bentoteca, la única vía para forjar una voz verdaderamente personalizada e irrepetible. Todo esto, por supuesto, sin olvidar jamás el lugar de donde se viene.