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¿Es o no es argentino? El curioso origen de los sándwiches de miga

Los argentinos lo adoptaron como propio y es un tentempié esencial de las reuniones y el emblema de las confiterías pero su origen va más allá y pasa por el norte de Italia y la aristocracia victoriana asentada en la India.

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Los argentinos lo adoptaron como propio y es un tentempié esencial de las reuniones y el emblema de las confiterías pero su origen va más allá y pasa por el norte de Italia y la aristocracia victoriana asentada en la India.

Los argentinos se pueden adjudicar la creación del dulce de leche, la fugazzeta y hasta el alfajor de maicena, pero el sándwich de miga no es un ‘invento’ argentino. Aunque solo se lo consume de forma masiva en ese país y el vecino Uruguay, la historia del (no tan) famoso tentempié –elaborado a partir de tapas delgadas de pan de molde y rellenos variados– comenzó en el norte de Italia y, como muchas delicias gastronómicas, llegó al Río de la Plata de la mano de los inmigrantes, que lo adaptaron al gusto local. Pero su origen va un poco más allá… hasta la India y el high tea de la élite victoriana, fascinada con los refrescantes sándwiches de pepino.

Italia vs. Inglaterra

Los sándwiches de miga, tal como los conocemos, recién se ‘popularizaron’ unas décadas atrás. Hoy se consiguen en cualquier panadería barrial, pero en sus inicios locales eran considerados un producto costoso y exclusivo de confiterías de prestigio como Las Violetas, Las Delicias o Los Dos Boulevares. Con el paso del tiempo, la receta comenzó a divulgarse y logró atravesar las fronteras porteñas, donde cada provincia sumó su toque particular, aggiornándolos con ingredientes propios.

Pero volvamos al pasado. El antecedente más cercano de nuestro sándwich, ese que llegó en barco junto a los inmigrantes italianos, tiene su origen en la ciudad de Turín, más precisamente en el Caffè Mulassano de la Piazza Castello, propiedad de Angela Demichelis y su marido Onorino Nebiolo. Allí, en el año 1925, nacieron los tramezzini: un sándwich de forma triangular, elaborado con pan de molde y relleno de atún, aceitunas y jamón. Una versión más sofisticada –existen unas 40 variedades, incluyendo salmón ahumado, langostinos y alcauciles– que muchos consideran un verdadero plato principal.

El tramezzino –término acuñado por el escritor Gabriele D’Annunzio para reemplazar la palabra inglesa sándwich– se creó como una alternativa a los típicos aperitivos ingleses que se sirven durante la hora del té (tea time), donde destaca el clásico sándwich de pepino (cucumber sandwich), muy asociado a la aristocracia. Demichelis y Nebiolo, originarios de Turín, regresaban de Estados Unidos cuando decidieron comprar el Mulassano e introducir el bocadillo inglés en una versión con sabores italianos.

En julio de 1936, la revista La Cucina Italiana, especializada en gastronomía y cultura alimentaria, publicó la primera receta oficial del tramezzino. Para ese entonces, ya era popular en los bares más chic del centro de Venecia; protagonista absoluto de los aperitivos de la mañana y de la tarde, conocidos como ‘el tramesin’.

El emparedado elegido de la élite victoriana

El sándwich de miga argentino no es muy diferente a su primo lejano inglés, elaborado con rodajas de pepino colocadas sobre dos rebanadas cuadradas de pan untado con mantequilla. La gran diferencia es su origen aristocrático y colonial, asociado históricamente a las clases altas de la era victoriana en el Reino Unido, ociosas y propensas a consumir solo alimentos con poco valor nutritivo. Lo curioso de todo esto es que el famoso sándwich de pepino no nació en Inglaterra, sino en la tierra natal de su ingrediente estrella: la India.

Según la Association for Dressings and Sauces (Asociación de Aderezos y Salsas), los colonos británicos asentados en la India durante el siglo XIX –los primeros indicios del aperitivo se remontan a 1870– buscaban la manera de hacerle frente al calor y, aparentemente, los pepinos ayudaron. A alguien se le ocurrió ponerlos entre dos rebanadas de pan y ¡voilà!, así surgió el sándwich de pepino. Pronto, los colonos volvieron a Inglaterra con su nueva creación, donde se convirtieron en un elemento básico del high tea victoriano.

El furor por el sandwich de pepino

El sándwich de pepino alcanzó su pico máximo de popularidad durante la era eduardiana, ya que los pepinos podían cultivarse durante todo el año en invernaderos alimentados por abundantes suministros de carbón y una mano de obra de bajísimo costo. Más de un siglo después, siguen siendo un componente indispensable de la merienda británica: dicen que la reina Elizabeth II los prefería con un toque de menta para realzar sus efectos refrescantes, y que los mejores (y más auténticos) del mundo se pueden degustar en The Drawing Room del Brown’s Hotel en Londres.

Nuestra élite porteña también disfrutó de su momento ‘victoriano’ con sabores muy diferentes y no tan refrescantes. Las tapas del clásico sándwich de miga argentino se suelen untar con manteca (mantequilla) o margarina, en muchos casos sustituida con mayonesa aligerada. Los ingredientes más comunes son jamón cocido y queso semigraso, otros fiambres como el pastrón o jamón crudo, huevo, tomate, lechuga y aceitunas. Clásicos que fueron evolucionando y sumando componentes más ‘exóticos’ como choclo, atún, berenjena, palmitos y hasta Vitel toné… porque la Navidad se celebra todo el año. En Uruguay, por ejemplo, puedes pedir un “sándwich olímpico”, compuesto de jamón, tomate, lechuga, huevo duro y salsa mayonesa, con la posibilidad de agregar aceitunas.

Más allá de su origen y sus múltiples vueltas hasta aterrizar en los establecimientos locales, podemos asegurar que el sándwich de pan de miga es inseparable de la cultura gastronómica argentina. Un permitido para cualquier hora del día y época del año que nos tienta desde las vitrinas heladas de cualquier confitería.

  • Jessica Blady

    Cambié el Diseño de Imagen y Sonido por el periodismo especializado en cine y series, pero escribo -y aprendo- sobre un poco de todo. Amante incondicional del chocolate, le huyo a la comida picante y me miran raro cuando digo que no tomo alcohol.

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