Desde Lima, Francesca Ferreiro crea una cocina que une lo ancestral y lo contemporáneo: un puente entre la selva peruana y el sudeste asiático, donde cada plato cuenta su historia.
En el universo de Francesca Ferreiro, los recuerdos huelen a masa recién horneada y a curry con leche de coco. Su infancia transcurrió entre la cocina de su abuela, las aventuras gastronómicas de su padre —el “foodie” original de la familia— y los ecos de una herencia asiática que la marcaría para siempre. Hoy, después de pasar por el Celler de Can Roca y trabajar junto a Gaggan Anand en Bangkok, la cocinera limeña lleva su propio lenguaje a la mesa: una fusión natural entre la Amazonía y el sudeste asiático.
En su restaurante Frina, Ferreiro explora la memoria, los viajes y los productos peruanos desde una mirada que desafía etiquetas. “No quiero hacer platos peruanos ni tailandeses, sino jugar con los sabores y crear algo propio”, dice. Así, entre fermentos, frutas tropicales y hierbas del bosque, compone una cocina que dialoga entre mundos.

Raíces y primeros recuerdos
Desde tu infancia estuviste rodeada del mundo gastronómico. ¿Cómo influyeron tus abuelos y tu padre en tu pasión por la cocina?
Desde muy chica, todos mis recuerdos son en la cocina. Mi papá era el verdadero foodie: disfrutaba todo el proceso, desde ir al mercado hasta sentarse a la mesa. Mi abuela, en cambio, era repostera; hacía tortas, galletas, y me dejaba lamer la cuchara de la masa. Entre los dos me transmitieron que la cocina es un espacio de felicidad.
También hay una herencia asiática en tu historia familiar, ¿no?
Sí, viene por el lado de mis abuelos paternos, que vivieron en Japón, Corea y China. Crecí con sabores distintos a los limeños clásicos. En casa comíamos platos con productos y condimentos que no eran comunes. Esa curiosidad me acompañó siempre y, cuando finalmente viví en Tailandia, fue como volver a mis raíces.

Entre Tailandia y el Perú
Viviste tres años en Tailandia y trabajaste con Gaggan Anand. ¿Cómo fue esa experiencia?
Increíble. Llegué después de haber pasado por España y tenía muchas ganas de reencontrarme con los sabores intensos y picantes. Desde el primer día conecté con Gaggan: compartíamos la idea de combinar técnica europea con ingredientes asiáticos. Me enamoré de esa cocina y de la energía de Bangkok, que me recordó mucho al Perú, sobre todo a la selva. Encontré similitudes entre ambos mundos: el uso de hierbas, fermentos, frutas y brasas.
¿De ahí nace tu fusión entre la selva amazónica y la asiática
Totalmente. Cuando regresé a Lima extrañaba esos sabores. Empecé a buscarlos en los productos peruanos y me di cuenta de que existía un puente natural entre ambos universos. Así nació lo que hago hoy: una cocina que une la selva tropical asiática con la selva sudamericana.

Antes de Tailandia trabajaste en el Celler de Can Roca. ¿Qué te dejó esa experiencia?
Fue una de las mejores etapas de mi vida. Empecé en pastelería con Jordi y luego pasé a cocina. Los tres hermanos son increíbles: disciplinados, generosos, creativos. Aprendí muchísimo, no solo de técnicas, sino de valores. No había maltrato, todo se basaba en el respeto y la excelencia. Jordi, en particular, me marcó mucho. Es una de las mentes más creativas que he conocido. Verlo transformar una idea en un plato era un privilegio.
Frina y la identidad propia
¿Cómo definirías tu cocina actual y qué representa Frina en tu trayectoria?
Frina es mi proyecto más personal. Es mi apodo de infancia y resume mi historia. Aquí juego con productos de la selva, de la sierra y de la costa peruana, pero también con sabores del Mediterráneo y de Asia. Es una cocina libre, que no busca encasillarse. Quiero que cada plato cuente un viaje, una experiencia, una memoria. También tengo Van, un concepto más callejero que nació en pandemia, con platos confortables como currys y arroces.
¿Cómo elegís los ingredientes?
Viajo siempre que puedo. Me inspiran los productores locales, la gente que vive en la selva o en zonas rurales. Conocer de dónde viene cada producto te cambia la mirada. No hay inspiración más potente que probar algo nuevo en su lugar de origen.

Visión, legado y filosofía
¿Cómo te definís como profesional?
No me gusta que me digan chef. Soy cocinera. Amo estar en la cocina, con las manos en la masa. Tampoco me siento empresaria, aunque tenga un restaurante. Mi identidad está ahí, entre los fuegos.
¿Qué legado te gustaría dejar en la gastronomía peruana?
No pienso mucho en dejar un legado, pero sí quiero que se note que disfruto lo que hago. Que mi cocina tenga algo que decir. Me interesa mostrar que la cocina peruana no es solo la tradicional: también es lo que estamos creando los cocineros que hemos viajado y traemos nuestras propias experiencias. Lo importante es representar con honestidad, apoyar a los productores y crear desde el amor.
Sos reconocida por mantenerte lejos de las rivalidades o el afán de figurar.
A mí me gusta trabajar, cocinar, compartir con colegas. No me interesa competir. Creo que la unión que tenemos los cocineros peruanos es algo que debemos cuidar. Cuando hay rivalidades, se pierde lo esencial: disfrutar de lo que hacemos.
¿Qué te entusiasma de la gastronomía actual?
Ver más igualdad. Cuando empecé casi no había mujeres en las cocinas y ahora es distinto. También me encanta que hoy sea posible descubrir cocineros de todo el mundo, desde un puesto de mercado hasta un gran restaurante. Eso democratiza la cocina y nos inspira a todos.




























