La excelencia es una resistencia innegociable.

En el volátil ecosistema de la alta cocina, cumplir un cuarto de siglo es un acto de resistencia, estabilidad y evolución. Federico Rigoletti, el hombre que transformó, en palabras de su creador: un «accidente afortunado» en un referente de la gastronomía de mar, celebra 25 años al frente de Grupo Puntarena. Lo que comenzó en el año 2000 como un desafío a las voces que le auguraban apenas seis meses de vida, se ha consolidado hoy como un puente culinario entre México y España, redefiniendo lo que significa la hospitalidad mexicana contemporánea.
Para Rigoletti, el mar no es solo un proveedor de insumos; es un refugio espiritual. Tras 25 años de trayectoria, el fundador de Puntarena sigue encontrando en el océano una lección constante de humildad y libertad. Esta conexión profunda se traduce en una cocina que él mismo define como de «ocurrencia e insistencia».
No hay fórmulas matemáticas detrás de sus platos; hay, en cambio, una intuición técnica que ha sabido mantenerse vigente sin sucumbir a las modas pasajeras.
Esta evolución personal de Federico Rigoletti también ha impactado su forma de liderar: del temperamento volátil de los inicios a una madurez que prioriza los vínculos humanos.
«He aprendido a evolucionar en mi forma de liderar; antes perdía los estribos con facilidad», admite con la honestidad de quien ya no tiene nada que demostrar, salvo la calidad de su plato. Paso de una gestión temperamental a una visión más consciente y humana del equipo.
La dualidad entre el administrador de formación y el cocinero de oficio convive en su interior de forma armónica, aunque confiesa que, en el fragor del servicio, el cocinero suele reclamar el mando. Esta transición de la Administración de Empresas a los fogones no fue un camino trazado, sino una apuesta de «todo o nada». Cuando un amigo le propuso emprender, Rigoletti no solo entregó su tiempo, sino sus ahorros personales. Ese compromiso financiero y emocional marcó el punto de no retorno.
Rigoletti es honesto: es una combinación fortuita de factores donde la sencillez triunfa, la curiosidad no descansa, ni en el restaurante, ni en la intimidad de su casa.




El año 2018 Federico Rigoletti y su grupo realizó su salto más audaz: establecerse en el mercado europeo. Madrid no fue solo una expansión de negocio, sino un desafío de orgullo nacional frente al miedo al fracaso. Tras ocho años de éxito en la capital española, la recepción del público ha confirmado que la visión de Rigoletti sobre la «comida mexicana» trasciende el cliché.
La identidad de Puntarena es tan robusta que ha permitido el nacimiento de conceptos hermanos como Primos, Sobrinos y Torinos. El reto de diversificar sin «contaminar» la esencia culinaria ha sido superado gracias a una red de socios chefs que comparten la visión de Rigoletti.
Para él, comer mexicano es sumergirse en una riqueza cultural mística y mágica, un país que es tan tradicional como global y creativo. La internacionalización ha condicionado su perspectiva, obligándolo a entender que «comer mexicano» es participar en una diversidad cultural que trasciende fronteras.
Rigoletti se muestra cauteloso pero entusiasta ante los nuevos riesgos, pero firme en lo innegociable: los vínculos humanos. «La familia», como él llama a la gente que lo ha ayudado a construir este sueño, es el ingrediente que nunca debe cambiar en la receta de Puntarena. Federico sigue apostando por la pasión, esa que convierte una simple cena en una experiencia de memoria y mar.