En el mundo de Delicatessen no existe el dinero y hay una escasez de carne brutal que está hambreando a la humanidad y volviéndola, a juzgar por los personajes que conoceremos, cada vez más salvaje.
Delicatesen: humor negro con una carnicería como escenario

Delicatesen: humor negro con una carnicería como escenario
No resultará novedad para el lector el hecho de que en los últimos años el vegetarianismo, el veganismo y otros variados hábitos alimenticios que dejan de lado la ingesta de proteína animal hayan ido ganando cada vez más adeptos. No son quienes eligen estas tendencias, seguramente, quienes sentirán que la premisa de la película que nos ocupa les quitaría el sueño. Pero sí, definitivamente, reafirmarán su posición luego de verla, ya que en Delicatessen la carne juega un rol fundamental, pero de un modo definitivo: ante la falta de alimento, la alternativa es la carne humana.
Ninguno de los personajes que nos ocupan (los de la superficie, porque ya veremos que sí lo hacen los llamados “Trogloditas” –valga la paradoja–) piensan en el maíz, las semillas o las legumbres como alimentos, ya que aquí cumplen la función del dinero.
Delicatessen, estrenada en 1991 es un largometraje francés; el primero dirigido por la dupla conformada por Jean Pierre Jeunet (que luego se hará mundialmente conocido por su película Amelie) y Marc Caro. El film inaugura una estética de fábula posapocalíptica plagada de humor negro que luego podrá seguir siendo disfrutada en su segundo largometraje en conjunto, La ciudad de los niños perdidos.
El mundo según Clapet
Entrar a Delicatessen es ingresar a un mundo fantásticamente sórdido. Sucede que ya desde las primeras imágenes, la película es un viaje sensorial. La humedad de la atmósfera atraviesa la pantalla desde el minuto cero. Podemos viajar a ese universo de colores ocres y personajes caricaturescos sólo con percibir la neblina permanente y la falta de visión clara, y sobrevolar el centro del universo en el que nos sumergiremos durante casi dos horas de distopía: la carnicería que lleva como nombre, en un cartel borroneado donde se dibuja un cerdo despintado por los años y la desidia, el título de la película.
Llamar «Delicatessen» a esa carnicería comandada por Clapet, un carnicero déspota y desaforadamente violento, es una declaración de principios del film, el primero de los grandes chistes negros que los directores nos acercan para que entendamos que a partir de ahora tendremos el verosímil cotidiano suspendido.
Esta fábula es un plato fuerte, picante y ácido, cocinado con dos condimentos fundamentales: la fealdad y la belleza, que nos estallarán en la cara a fuerza de situaciones y personajes caricaturescos y viñetas absurdas armadas con objetos cotidianos, reconocibles, pero que puestos en otros lugares se enrarecen de un modo fascinante. Merece mención aquí la fascinante secuencia de títulos que justamente hace eso: vemos objetos reconocibles extrañados por el paso del tiempo y el descuido, ese tipo de objetos que será una marca distintiva en la estética general de la película.
La carnicería no es sólo el centro de la historia, sino también el corazón –sangrante y maloliente– de un edificio, donde las cañerías no funcionan como tales, pero sí como oxidadas autopistas de cabotaje por las que viajan sonidos, voces fantasmales y hasta objetos. Un pasaje de comunicación entre los vecinos, que viven obsesionados por la falta de comida en un mundo donde el cuerpo es carne, una promesa de comida (y por eso también hay que cuidar el propio).
Si bien el mundo está siendo azotado por la falta de comida (léase el mundo de los carnívoros) y no aparecen en todo el film animales que uno suponga que puedan ser comestibles, este edificio-familia, donde el patriarca es el carnicero, ha encontrado el modo de sobrevivir. “Al menos tenemos un sistema”, se lo escucha decir al comandante empuñando su siempre listo cuchillo, orgulloso de haber encontrado el modo en que provee y somete a sus inquilinos a su caprichosa voluntad.
Hay un sistema y hay reglas. Se sabe, por ejemplo, que no se puede salir a la escalera de noche. Si alguien lo hace, corre el riesgo de encontrarse con los cuchillos que lo llevarán directamente a convertirse en pequeños paquetitos de carne fresca que al día siguiente serán comercializados a cambio de maíz en Delicatessen. Se sabe, también, que se necesita a alguien de afuera, un cordero que venga a sacrificarse por la supervivencia del vecindario. Pero nadie lo haría de modo voluntario, claro está.

En presencia de un payaso
Y es allí donde está el eje de la historia, esa presencia que para siempre cambiará la vida de este microcosmos, el elemento disruptivo que da color y humanidad a una fábula regida por el filo de las cuchillas del carnicero Clapet. Es justamente ese personaje el que funcionará, además, como nexo involuntario con otro mundo, el de los rebeldes, subterráneo y clandestino, donde viven los “Trogloditas”, que no comen carne y son la mayor amenaza del “afuera” para la superficie regida por Clapet.
Así llega entonces Louison, un artista de circo retirado, que viene a presentarse como aspirante a encargado de mantenimiento del edificio siguiendo un aviso del diario. Es un hombre de baja estatura, que aparece cargado de valijas. Su mundo entero en esas cuantas valijas cargadas de objetos que nos remiten de lleno al mundo de la fantasía circense: juguetes a cuerda, vestuarios coloridos, trucos de magia. Louison es distinto a la galería de atormentados personajes que habitan el edificio: siempre dispuesto, siempre sonriente y profundamente humano. Así, su sola presencia lo convierte en mucho más que la próxima víctima para hacer picadillo: es el claro antagonista del brutal carnicero. La amenaza suave del fin de su imperio.

Y hasta podríamos pensar que ambos personajes funcionan como espejo invertido. Porque los cuchillos de Louison no cortan: divierten, entretienen, distraen. Por eso no es casual que los dos personajes con los que logra mayor cercanía sean las dos mujeres más próximas al carnicero: su hija Julie (entre Louison y ella hay un “flechazo” instantáneo, plasmado en escenas dignas de fuerte tinte “clownesco”) y su amante Mademoiselle Plusse, quien advierte con fascinación el hecho de que no es una persona que la trate como a un “pedazo de carne”, como ella está acostumbrada en ese edificio.
Así, en este universo donde el pulso era marcado por Clapet (como puede verse en la maravillosa escena donde los resortes de la cama se asocian rítmicamente con las habitaciones de todo el edificio y las tareas cotidianas de los vecinos), Louison viene a imponer, a fuerza de gracia y casi sin darse cuenta, su propio ritmo. Un ritmo juguetón que transforma lo hostil en gracioso, un prisma simpático desde donde ver el mundo con ojos de clown. Algo así como lo que hacen Jeunet y Caro desde el principio de la película: encontrar el juego en lo cotidiano, armar un rompecabezas de piezas reales, que desordenadas arman una realidad extraña y fascinante.
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