Una demostración de fuerza técnica y curaduría sin precedentes en los jardines del Palazzo Lanza di Trabia

El clímax de la gastronomía italiana e internacional tuvo lugar la noche del 29 de junio en Calabria. Con las entradas agotadas semanas antes de su apertura, la Cena de Gala del BOB Fest 2026 fue una demostración de fuerza técnica y curaduría sin precedentes en la región.
Hubo un instante de suspensión temporal al inicio de la velada. Ingresar al recinto mientras el atardecer se fundía con la oscuridad de la noche constituía una experiencia inmersiva en sí misma.
La locación elegida fue el majestuoso Palazzo dei Principi Lanza di Trabia, una imponente joya arquitectónica del siglo XVIII, concebida originalmente como residencia aristocrática de verano. Su construcción, de líneas nobles y piedra curtida por la salinidad, funcionó como la locación perfecta. La atmósfera tenia una densidad particular, la iluminación cálida y la disposición geométrica de la construcción italiana parecían calibradas para esa noche.
La recepción fue una declaración de intenciones. A la derecha, apenas al cruzar el umbral del palacio, el aroma a aceite de oliva llevado a la temperatura exacta anunciaba la presencia de Franco Pepe, quien recibía a los asistentes preparando su icónica pizza frita.
Frente a la maestría de Pepe, la barra del prestigioso Connaught Bar London equilibraba la escena. Los bartenders, preparaban coctelería de autor estableciendo un contrapunto refrescante a la calidez de la cocina italiana. A la izquierda, el equipo del proyecto Confine ofrecía impecables porciones de pizza, demostrando que la fermentación contemporánea es un arte vivo. Y esto, fascinantemente, era solo la antesala.
La verdadera dimensión de la Cena de Gala del BOB Fest 2026 comenzaba a revelarse al seguir el recorrido natural de la arquitectura y salir hacia los extensos jardines.







Alrededor del perímetro del castillo, se desplegaban estaciones de cocina diseñadas para eliminar las barreras entre el fuego y el comensal. El recorrido invitaba a avanzar con una copa en la mano, descubriendo perfiles de sabor, juegos de luces y encuentros genuinos. Cada estación albergaba a figuras galardonadas y maestros de la vanguardia.
En este sendero culinario, los asistentes degustaron platos diseñados por mentes analíticas como Roy Caceres, Antonio Biafora, Luigi Lepore, Riccardo Sculli y Salvatore Bianco, coronados por el talento profundamente disruptivo de Alberto Gipponi, quien desestructuró los ingredientes locales para obligar al comensal a disfrutar cada bocado.
La cuota internacional ensanchó los horizontes del menú con las intervenciones del neerlandés Michael Van der Kroft y el maltés Jonathan Brincat, aportando notas de fermentación profunda y contrastes insulares.
En el trayecto, las degustaciones de vinos de mínima intervención y cervezas artesanales servían para limpiar el paladar entre estaciones. Allí se encontraba también el puesto de BOB, recordando la altísima calidad estructural de su masa madre y abriendo el camino hacia las técnicas dulces.
Junto a ellos, los referentes absolutos que han elevado la pizza a la categoría de fine dining lideraron sus respectivos hornos. Gabriele Bonci, Francesco Martucci, Errico Porzio, Antonio Pappalardo, Roberta Esposito y Lello Ravagnan trataron los hidratos y las temperaturas con la misma reverencia que la alta cocina aplica al caviar o la trufa blanca.












Al completar el extenso recorrido gastronómico, el paisaje del jardín ofrecía una postal de elegancia, con dos mesas de una longitud extraordinaria, finamente vestidas y decoradas exclusivamente con la luz titilante de cientos de velas y guirnaldas de luces.
La intuición de cualquier asistente sugería que la cena principal se serviría en esos asientos. Sin embargo, la curaduría de la Cena de Gala del BOB Fest 2026 tenía otros planes.
Esas mesas majestuosas se reservaban estrictamente para el acto final. Sentarse allí, bajo el cielo de Calabria, únicamente para vivir el servicio de pastelería, resultó ser una decisión disruptiva e inesperada que cambió el ritmo de la velada.
El cierre dulce estuvo custodiado por cuatro pilares del azúcar y el frío: Gianluca Fusto, Lillo Freni, Francesco Mastroianni y Stefano Guizzetti. Cada postre fue un ejercicio de geometría y control, donde el dulzor actuó apenas como un vehículo para explorar acideces complejas y texturas puras.
Fue el epílogo perfecto tras días de recorrer estaciones, de abrazar a colegas y conectar con nuevas visiones del panorama culinario. Un final que, desde la óptica periodística y humana, demostró que la excelencia contemporánea no solo reside en lo que se cocina, sino en cómo se escenifica el relato.



Lo que se vivió en Calabria a finales de junio superó las fronteras de la gastronomía tradicional. Una vez más por Roberto Davanzo y la asociación Alchimisti per Amore (Anna Rotella, Alessandra Molinaro, Silvia Rotella y Rino Gemelli.) evidenciaron que el magnetismo de una región se cimienta en el factor humano. Fue el triunfo de un modelo colaborativo —fiel al espíritu Band of Brothers— donde una red de talentos potenció su identidad.
1. Roberto Davanzo
2. Gianfranco Pascucci & Ivano Vecci
3. Franco Pepe
4. Cristina Bowerman
5. Davide Guidara
6. Salvatore Iuliano
7. Riccardo Sculli
8. Francesco Stara
9. Massimiliano Delle Vedove
10. Michael Van Der Kroft
11. Salvatore Morello
12. Matias Perdomo & Demis Deluca
13. Luigi Lepore
14. Jonathan Brincat
15. Eugenio Boer
16. Nino Rossi
17. Gianluca Colucci
18. Stefano Guizzetti
19. Antonio & Fiorella Staglianò
20. Gianluca Fusto
21. Francesco Capece