Las naturalezas muertas siempre fueron consideradas un género menor en el arte pero existen desde el Antiguo Egipto como metáfora de lo efímero de la vida y símbolo de prestigio social.
Se conoce como bodegón o naturaleza muerta al histórico género pictórico basado en la representación de objetos naturales como frutas, comidas y flores. En algunos casos se suman también objetos hechos por el hombre, como utensilios de cocina, antigüedades, libros, joyas, monedas, pipas o jarrones. Inicialmente, se usaban para ambientar y armonizar los espacios desde la antigüedad más remota.
En las tumbas de los faraones
Con el pasar de las décadas y, según los distintos contextos, han variado su significado y función. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, adornaban las tumbas y se creía que las comidas allí pintadas -por lo general higos, pan, carne o uvas, las preferidas de hombres y mujeres en esa civilización- se volvían reales en el más allá, funcionando como ofrendas para honrar a los muertos.
En las casas de los romanos ricos, los bodegones estaban hechos en mosaico y cumplían la función de demostrar el poder de las clases altas dando cuenta de la variedad de comida que estas podían disfrutar. Lo que los convertía en una suerte de antecesores de la red social Instagram.
En cambio, en la Edad Media, con la caída de Roma, cayeron también los bodegones. La iglesia dominaba la vida y no dejaba espacio en el arte para la simpleza de los objetos, alimentos ni nada que no fuera simbología religiosa. Sin embargo, no desaparecieron del todo: a veces frutas y alimentos servían como alegoría para explicar pasajes de la Biblia. El ejemplo más habitual: una manzana podía ser metáfora del pecado de Adán y Eva y el pan y el vino del mismísimo cuerpo de Jesucristo.
El Renacimiento trajo consigo un periodo de pensamiento humanístico e interés por lo natural que allanó el camino para la reaparición del bodegón. Por entonces, la naturaleza muerta comenzó a ser pintada con capas de óleo y, por medio de un secado lento, lograba un acabado hiperrealista. Los holandeses pintaban flores inspiradas en el movimiento memento mori, que en español quiere decir “recuerda que morirás” y hablaban del paso del tiempo. Para reforzar la idea, a menudo esas obras combinaban flores con objetos como cráneos humanos, velas y relojes de arena, para hacer alegorías sobre la fugacidad natural de la vida.
La naturaleza muerta, un género decorativo
Lo curioso de este género -que muy probablemente todos hayan visto al menos una vez en una cocina, comedor de familia, restaurante, lobby de hotel, oficina o sala de espera de consultorio médico-, es que casi siempre fueron reconocidos como el «hermano pobre» en la familia del arte. Era subestimado, categorizado por el ámbito académico como “decorativo”. Pero en 1596, Caravaggio pintó una cesta de frutas inolvidable que hizo que por primera vez el género fuera visto de otro modo.
El género tuvo su auge en Occidente en el siglo XVII, pero aquel momento dorado no impidió que mantuviera una reputación baja dentro de las categorías académicas. En 1667, André Félibien, historiador, arquitecto y teórico del clasicismo francés, enunció la llamada jerarquía de los géneros: una clasificación de ellos en base al prestigio y valor cultural. Al bodegón no se lo consideraba ni tan complejo a nivel técnico como a los retratos, ni tan elevado a nivel moral como la pintura religiosa o histórica. Era, para muchos, el arte de lo pequeño, insignificante, intrascendente, mortal o anónimo
Lo que no tenían en cuenta los académicos era que detrás de esas flores, frutos y elementos naturales, se escondían poderosas metáforas filosóficas y muchas veces reflexiones sobre conceptos como la hospitalidad, el misticismo, el realismo, la fragilidad, fugacidad o trascendencia. Sobre la transitoriedad de las cosas en el mundo, y lo inevitable de la muerte.
En el siglo XIX se produjo otro gran cambio social alrededor de este género, y su impacto preserva vigencia en la actualidad: con la llegada de la publicidad a color en los años 30, fotografías de alimentos muy similares a lo representado en los bodegones clásicos, pasaron a utilizarse para vender, llenándose de colores y mesas recargadas.
La reivindicación del género
Últimamente, artistas modernos emprendieron trabajos de recuperación del género, lo cual demuestra su impacto a lo largo del tiempo, resignifica al estilo y da un giro inesperado a la historia. En 2022 en Buenos Aires, Argentina, se realizó la muestra Melodramas en la galería Fundación El Mirador. Un mítico lugar de la ciudad porteña que antes de funcionar como galería de arte fue, entre otras cosas, bar notable frecuentado por nada más y nada menos que Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, entre otras figuras icónicas. La muestra exhibió alrededor de 20 versiones contemporáneas de naturalezas muertas que fueron planteadas a lo largo de las salas como testigos silenciosos de los dramas y desdichas familiares con los que suelen convivir en los hogares.
En 2023 la colección del Banco de España en Madrid también fue inspirada por la vigencia de este popular movimiento y realizó la muestra Flores y frutos, con el fin de recordar la fragilidad del mundo contemporáneo “cada vez más alejado de los ciclos naturales”.
Se podría analizar, incluso, la moda que han impuesto los centennials, de sacar y publicar fotos de comidas que cocinan o consumen en restaurantes, en las redes sociales. Se podría pensar en el contraste entre estos contenidos y el histórico género. Quizás una de las cosas que tengan en común sea la manera de retratar con sutileza las problemáticas sociales de las distintas épocas.
A fin de cuentas, tanto las experiencias culinarias como las obras que las representan e inmortalizan, son evidencias claras de la capacidad que tiene la comida: conmueve, hace sentir cosas, evoca pensamientos y recuerdos. Y no sólo lo hace a través del paladar, sino también de sentidos como la vista y el olfato. Una auténtica obra de arte.




























